viernes, 2 de mayo de 2008

El dilema de los trabajadores de CEMEX, el dilema de tod@s


El cierre de la planta de CEMEX en Sant Vicent del Raspeig ha vuelto a traer a colación un debate que no es nuevo y que, como las matruskas rusas, contiene más debates en su interior.


Desde que comenzara la industrialización se ha presentado la preservación de un medio ambiente saludable como algo incompatible con el desarrollo económico. Dicho de otra manera, los trabajadores, las trabajadoras y sus familias debían ofrendar al “progreso” no sólo su fuerza de trabajo, sino también todo aquello no relacionado directamente con la producción industrial: la pureza del agua y el aire, los horizontes abiertos, la calidad de la alimentación… Esto es y ha sido así desde que alguien conectó la máquina de Watt a un telar, y las luchas de los obreros y obreras a lo largo de los últimos ciento y pico años no estuvieron tan relacionadas con un deseo de aumentar la producción como con una necesidad de mejorar su vida a todos los niveles, pasando indefectiblemente por la mejora de las condiciones ambientales.

Hoy en día, la inmensa mayoría de las personas de este mundo necesitan un salario para cambiarlo por comida, ropa y vivienda. Pese a los avances retóricos plasmados en docenas de Cartas, Tratados y Declaraciones, lo único cierto y tangible es que finalmente se ha impuesto un capitalismo caníbal en cuyo seno sólo cabe el sometimiento o la represión. No hemos conseguido que la comida, la vivienda y la ropa sean un derecho asegurado y eso que hay capacidad más que sobrada para que esas necesidades estuvieran cubiertas. Y es por este fracaso por el que seguimos atados a un sistema de producción desquiciante en el que se asume como algo natural que vivamos al borde de una catástrofe nuclear, que tratemos a los ríos como acequias o que licuemos los glaciares por el extraño empeño de que unas mercancías vayan de un lado a otro a base de liberar gases tóxicos.

Debería ser posible en el siglo XXI que cien asalariados no vean amenazada su supervivencia porque se ha conseguido cerrar la planta industrial que enfermaba a sus vecinos y a sus familiares. Debería ser lo normal que una multinacional que factura varios miles de millones de dólares al año gracias a la fuerza de trabajo aportada por sus obreros, y al sacrificio del aire que respiran sus obreros y sus familias y del aniquilamiento del paisaje (que fue) de sus obreros, sus familias y vecinos, debería ser lo normal, decimos, lo lógico, que no hubiera ningún problema en que cien personas no pagaran el pato de un cierre que debería ser una fiesta para todos. No debe ser un sacrificio y no debe entenderse como un sacrificio, porque es una victoria -extraña, pero victoria- de todo el pueblo de Sant Vicent y de la comarca entera de L´Alacantí. Y este es un momento tan bueno como cualquier otro para recordar que le hemos pagado 24 millones de euros a un multimillonario llamado Ecclestone para poder traer unos coches de carreras al centro de Valencia.

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